Sobre la acreditación de saberes


A menudo, en la sala de profesores, expreso una idea que siento profundamente verdadera: la condición de docente se asume plenamente, solo después de haber transitado, por lo menos un año, las vicisitudes reales del aula. Y digo esto porque, en este escenario operativo que es la práctica situada, y entre varios otros temas, uno de los desafíos más complejos es conciliar la certificación administrativa  - “la nota” - con la formación humana real, aspectos de la profesión, que dependen fuertemente del día a día y la experiencia.

Debemos admitir que la acreditación de saberes se centra, por diseño sistémico, en el resultado cognitivo. Y esto no es un defecto; es una necesidad. La inversión de años de escolarización carece de sentido si el estudiante no logra decodificar su entorno. Sin embargo, limitar la evaluación a un dato numérico es un error de miopía pedagógica. Para que la acreditación sea legítima y no un mero trámite burocrático, propongo estructurarla bajo una tríada de competencias que integra lo técnico y lo ético: saber comprender, saber explicar y saber resolver.

En primera instancia, el estudiante debe saber comprender. Aquí evaluamos el concepto. No basta con el dominio técnico de un contenido si este no resuena en las estructuras cognitivas del joven. Como bien señala David Ausubel, el aprendizaje depende de los saberes previos; sin esa conexión, el dato es estéril. Pero la comprensión es interna y silenciosa, por lo que necesitamos el segundo paso: saber explicar. Aquí entra en juego la dimensión procedimental. Es el puente vital donde el estudiante, a través de la transposición didáctica que hemos facilitado, reconfigura el saber científico y lo hace propio, demostrando que puede comunicarlo con claridad y precisión técnica.

Aún así, la verdadera eficacia pedagógica culmina con el tercer pilar: saber resolver. Aquí es donde la acreditación administrativa debe dar paso a la formación del carácter mediante las virtudes cardinales.

Tradicionalmente, se hablaba de "valores", un término que presenta zonas grises y suele quedarse en lo declarativo. Por el contrario, la virtud es un habitus, una disposición operativa.

¿Cómo se acredita, entonces, bajo este modelo? Entendiendo que cuando un estudiante "resuelve", no solo aplica una fórmula. Al gestionar su tiempo de estudio, está ejercitando la Prudencia; al sostener el esfuerzo frente a la dificultad cognitiva, está construyendo Fortaleza; al administrar su ansiedad y sus impulsos durante el examen, practica la Templanza; y al aceptar la objetividad de sus resultados, comprende la Justicia.

De esta manera, la acreditación deja de ser un fin en sí mismo. ¿Qué validamos? Que el sujeto del aprendizaje no solamente sabe, sino que también, es capaz de operar en la realidad.